La guerra de los bits

Derechos de autor en la era digital

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Una IP no es suficiente

Posted by Krigan en 29 mayo 2010

Supongamos que alguien le denuncia por chantaje. Esa persona asegura que desde su número de teléfono alguien le ha llamado para chantajearlo. A pesar de que en su domicilio viven varias personas, como usted es el titular de la línea, le denuncia a usted. Además, su teléfono es inalámbrico, lo cual quiere decir que algún vecino, o incluso alguien con el coche aparcado delante de su casa, podría haber utilizado su línea para llamar sin usted saberlo. Esa persona quiere que usted le pague una cuantiosa indemnización, por haberlo chantajeado.

Naturalmente, usted alegaría unas cuantas cosas en su defensa. Esa persona dice que le llamaron, pero puede que no sea cierto, o puede que le llamaran, pero el contenido de la conversación tal vez no tuvo nada que ver con un chantaje, a fin de cuentas pretende sacar dinero de tal acusación. Esa persona dice que apuntó el número de teléfono del chantajista que le llamó, pero tal vez se equivocó al apuntarlo. Toda su acusación se basa enteramente en su propio testimonio, lo cual no es precisamente un ejemplo de prueba imparcial.

Además, ¿qué pasa si el chantajista es alguien que vive con usted? ¿O alguien que se las ha arreglado para usar su línea sin su permiso? Con los teléfonos inalámbricos es posible hacerlo, y también pinchando la línea. La compañía telefónica no confirma nada, salvo que usted es el titular de ese número, dado que no registra las llamadas hechas con tarifa plana, y esta llamada, de haberse producido, sería de esa clase.

En estas condiciones, ¿cabe alguna duda de que usted sería absuelto? Sin embargo, lo que pretende la industria de contenidos es que usted sea condenado, con semejante ausencia de pruebas, si ellos son los acusadores, y la acusación es por haber descargado presuntamente alguna de sus canciones o películas.

En efecto, en Estados Unidos y otros países las demandas se basan únicamente en eso, en que el acusador asegura que desde la IP de alguien se produjo la compartición de un fichero, y sólo con eso ya demandan al titular de la conexión, incluso si el fichero en cuestión es una película de la que el titular no ha oído hablar en su vida. Claramente, para acusar a alguien, tener sólo una IP no es suficiente.

Por ello no ha de extrañarnos que, tras 5 años de demandas en Estados Unidos, de 30.000 acusaciones haya habido sólo 2 condenas. En uno de los casos el acusado admitió los hechos, en el otro la acusada usó para el programa p2p Kazaa el mismo apodo que usaba para todo lo demás en Internet, incluido su correo personal. Es cierto que en muchos casos el acusado pactó pagar una indemnización antes de llegar a juicio, pero también es cierto que hubo otros muchos casos en los que el acusado fue absuelto, o que la demanda fue retirada antes del juicio.

Una IP no es suficiente, y sin embargo una IP es lo único que tienen. Cualquier persona sensata comprende que perseguir eso es una quimera, pero cuando hay mucho dinero en juego algunos prefieren olvidar la sensatez. Y eso que todavía no hemos mencionado que hay sistemas que permiten ocultar la IP.

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¿Quieren una guerra que no pueden ganar?

Posted by Krigan en 13 diciembre 2009

En la película «Acorralado» el coronel le pregunta al sheriff que trata de capturar a Rambo «¿quiere una guerra que no puede ganar?». El sheriff contesta «¿Cree que doscientos hombres contra su soldado es una guerra que no vamos a ganar?», a lo cual el coronel le replica que adelante, que siga esa guerra, pero que no se olvide de tener una buena provisión de ataúdes.

Tal vez la industria de contenidos se debiera hacer la misma pregunta con respecto a los internautas que descargan sus obras sin pudor. Sí, ya sé, «Acorralado» es una obra de ficción, pero la Historia está llena de ejemplos de gente muy poderosa que fue a una guerra creyendo que la iban a ganar y la perdieron. Napoleón en España es un ejemplo entre muchos. En consecuencia, toda persona sensata, antes de iniciar un conflicto, debiera preguntarse «¿puedo ganar esta guerra?» y también «si la pierdo, ¿cuánto me va a costar?»

Desde el punto de vista de los internautas, no hay dilema. El internauta siempre tiene como opción el dejar de descargar, lo peor que le puede suceder es que tenga que grabar las canciones de Spotify y las películas de la tele si quiere tener copias permanentes de las mismas. El coste que afronta la industria de contenidos es mucho mayor. Por un lado la animadversión de sus propios clientes, por otro el seguir perdiendo ventas a lo tonto por negarse a la adaptación. Lo peor de todo, sin embargo, puede ser que los ciudadanos acaben percibiendo los derechos de autor como un peligro para la democracia y  el avance tecnológico, y acaben por preferir que no haya derechos de autor.

El internauta puede individualmente elegir no descargar si se ve en riesgo de ser castigado, pero no puede elegir qué es lo que van a hacer los demás. Que las descargas van a continuar es un hecho innegable, en Estados Unidos las discográficas se pasaron 5 años demandando a decenas de miles de internautas, con castigos que se medían en cientos de miles de dólares, y a pesar de ello el uso del p2p siguió aumentando. El fracaso fue tan evidente que las propias discográficas ya hace año y medio que han abandonado esa estrategia.

En consecuencia, el ciudadano no puede evitar que los demás descarguen, de la misma manera que la todopoderosa industria de contenidos tampoco puede evitarlo, ni siquiera con la más salvaje de las represiones, pero hay una cosa que los ciudadanos sí pueden hacer, y es votar. Si se les da a elegir entre perder la democracia y el desarrollo tecnológico, o abolir los derechos de autor, ¿qué cree usted que elegirán?

Naturalmente, la industria de contenidos insiste en que ambas opciones son compatibles, afirman que es posible mantener los derechos de autor tal y como están ahora, y al mismo tiempo mantener la democracia y el progreso tecnológico. Sin embargo, sus propios actos y sus propias peticiones al legislador desmienten tal afirmación. Su propuesta para mantener los derechos de autor consiste precisamente en eliminar todo aspecto de la democracia que les resulte inconveniente y toda innovación que perjudique su obsoleta manera de hacer negocio.

Desde luego, la cuestión no es si la democracia está en peligro, o si lo está el avance tecnológico. Está bastante claro, al menos para mí, qué es lo que el votante elegiría llegado el momento, y no olvidemos que no puede haber derechos de autor sin una ley que proclame tales derechos. De la misma manera que el internauta siempre puede dejar de descargar si se siente amenazado, el ciudadano también tiene siempre la opción de eliminar los derechos de autor.

Por ello yo le pregunto a la industria de contenidos, ¿de verdad quieren una guerra que no pueden ganar? Si es así, adelante, sigan con la guerra, pero no se olviden de tener una buena provisión de ataúdes para todos esos innumerables derechos de autor que serán enterrados tan pronto como los ciudadanos se sientan amenazados.

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Un castigo justo

Posted by Krigan en 24 noviembre 2009

La industria de contenidos insiste en que debemos ser castigados por nuestros malvados actos. Afirman que bajarse una canción, libro o película del p2p es un acto perverso que la ley debe perseguir. Ahora bien, de admitir tal planteamiento, ¿cuál sería el castigo justo?

Las canciones se venden en iTunes a un dólar, los libros electrónicos se venden en Amazon a 10, todo ello con el beneplácito de discográficas y editoriales. Si la ley castigase la descarga p2p con una indemnización de 80.000 dólares por canción, tal y como hizo un jurado norteamericano en el caso de Jamie Thomas, estaríamos mandando a la quiebra a toda persona a la que se atrape bajándose un puñado de canciones que no cuestan ni 30 dólares en iTunes. Claramente eso es desproporcionado.

¿Y si lo castigásemos con 100 dólares? Seguiría siendo desproporcionado y contrario al principio de proporcionalidad de las penas. Si a mí no me pagan una deuda, la condena del deudor será a pagar el importe de la deuda más los intereses de demora, no a pagar 100 veces esa cantidad. Si alguien abolla mi coche, la condena será a pagar la reparación, no 100 veces el valor de la reparación. Si se quiere mantener la proporcionalidad de las penas, la indemnización para los autores no puede ser de 100 veces el supuesto daño causado, a no ser que multipliquemos también por 100 la indemnización en el resto de los casos legales.

¿Y si lo castigásemos con un sólo dólar? A fin de cuentas eso es lo que cuesta la canción en iTunes. Ese sería un castigo más en consonancia con lo dispuesto por la ley española en su artículo 140 LPI. No obstante, la ley dice que la indemnización será «La cantidad que como remuneración hubiera percibido el perjudicado, si el infractor hubiera pedido autorización para utilizar el derecho de propiedad intelectual en cuestión.» Cuando compramos una canción en iTunes, nosotros pagamos 99 centavos de dólar, pero una parte del dinero se lo queda iTunes, la discográfica recibe sólo 70 centavos, y de esos 70 centavos el artista recibe sólo 4,5

Surge aquí una paradoja. Si la descarga p2p de una canción fuera ilegal, el infractor tendría que pagar 70 centavos si le demanda la discográfica, pero sólo 4,5 si le demanda el artista. ¿Cuál es el castigo justo? ¿70 centavos o 4,5?

Claramente el castigo justo serían 4,5 centavos, que son unos 3 céntimos de euro, incluso si la ley española dispone otra cosa en algunos casos. Veamos un ejemplo para explicarlo. Pongamos que compro un libro, el cual me cuesta 20 euros en librería. El escritor recibirá un euro (el 5%) por libro vendido, este es el porcentaje habitual. La editorial recibirá unos 7, el resto se lo quedan distribuidor y tienda.

En consecuencia, ¿el castigo debería ser un euro o deberían ser 7? Lo cierto es que si me bajo ese mismo libro del p2p la copia me ha he hecho yo, y la editorial se supone que ha impreso sólo las copias que espera vender, teniendo en cuenta todos los factores, incluso el p2p. Si la editorial me demandase por 7 euros, estaría pretendiendo recibir una indemnización por un daño que no ha sufrido. Ese ejemplar, esa copia que yo me he bajado, nunca ha sido impresa ni almacenada, nunca les ha generado tales gastos.

Análogamente, con los CDs pasa algo parecido. Los libros se han visto poco afectados por el p2p, pero las discográficas señalan que las ventas de CDs han bajado a un tercio de lo que eran en unos pocos años, y le achacan esta bajada al p2p. Es una afirmación discutible, porque el CD se ha quedado obsoleto y eso también ha podido influir en la bajada de ventas del mismo (nótese que las descargas de pago no han parado de subir), pero lo que aquí nos importa es que la discográfica asume costes en base a la situación del mercado en cada momento.

Si hace 7 años esperaba vender 30.000 CDs de cierto álbum, los costes de impresión, almacenaje, promoción, o cualquier otro coste que tuviese, fueron aceptados (o rechazados en muchos casos) en virtud de las ventas que esperaba tener. Si ahora espera vender 10.000 CDs de otro álbum, entonces imprimirá sólo 10.000, no 30.000, y almacenará los que ha impreso ahora, no los que hubiera impreso hace 7 años, y el gasto de promoción o cualquier otro coste también irá en consonancia con la situación actual, no la de hace 7 años. En otras palabras, las discográficas, como haría cualquier otra empresa, sólo sacan al mercado un disco si esperan obtener beneficio. En caso contrario, no lo sacan. Lo cual, dicho sea de paso, ha dejado de ser un problema para el artista, que ahora puede publicar su canción en Internet a coste cero, e incluso ponerla a la venta en iTunes y otras tiendas web pagando unos pocos dólares a Tunecore por gastos de tramitación.

Obviamente, a las discográficas no les hace gracia que las ventas de CDs estén bajando. Para un mismo porcentaje de beneficios, 3 veces menos ventas significan 3 veces menos beneficios, pero eso ya es la evolución del mercado. A los fabricantes de carruajes seguro que tampoco les hizo gracia que las carrozas se vieran sustituidas por los coches. En definitiva, aquí estamos hablando de derechos de autor, no de un imaginario derecho del intermediario a que su mercado siga siendo tan gordo como lo era antes, y por tanto la única indemnización justa es la que corresponde al artista o al escritor, 3 céntimos o un euro respectivamente.

¿3 céntimos por canción es una miseria? Sin duda alguna, pero es exactamente esa miseria la que recibe el artista, ese es exactamente el precio al cual el artista ha aceptado por su propia voluntad que se venda en Internet una copia de su canción. ¿A los artistas no les gusta ese precio? Pues que le reclamen a la discográfica, que son los artistas, y no yo, los que han firmado con ella, en lugar de poner ellos mismos sus canciones en iTunes usando Tunecore. Supongo que no querrán que yo les pague una indemnización mayor, si ellos mismos han valorado en eso su canción.

Hay gente que se baja muchas canciones. Pongamos que alguien se ha bajado mil. Siguiendo esta regla, la indemnización a pagar sería de 30 euros. Es más, si los artistas ponen un sistema de pagos en Internet en virtud del cual se les pueda pagar 3 céntimos por canción, hasta nos ahorraríamos los juicios. Pero claro, esto no lo quieren las discográficas. Ellas piensan que es mejor si seguimos pagando mil dólares por mil canciones, unos 650 euros en lugar de 30. Una vez destapadas todas las mentiras, de esto va este tema, de la muy jugosa diferencia entre 650 euros y 30.

¿Y si los artistas empiezan a usar masivamente Tunecore? Muchos ya lo han hecho, incluidos un buen número de artistas famosos, y el artista que lo haga sí que puede reclamar 70 centavos de indemnización, porque sí se está llevando esos 70 centavos de iTunes. No obstante, tengo la fuerte impresión de que, tan pronto como las discográficas queden fuera de las ventas en Internet, dejaremos de oír hablar de ilegalizaciones y de castigos. ¿Por qué será que tengo esta impresión? En cualquier caso, 70 centavos para el artista sí sería un dinero bien empleado, ese sí sería un castigo justo si es que tanto empeño tenemos en hablar de castigos.

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