La guerra de los bits

Derechos de autor en la era digital

Piratea, que es mejor

Publicado por Krigan en 13 Octubre 2009

Dicen las productoras de cine que no pueden competir con la mal llamada piratería, con el gratis total, a pesar del hecho obvio de que ellas mismas están dando gratis con anuncios sus películas de más de 2 años por la tele (¿acaso no pueden hacer eso mismo por Internet?). Lo dicen aunque la venta de entradas de cine esté aumentando. En el proceso de comercialización de una película hay 3  fases principales: exhibición en cines, venta y alquiler de DVDs, y emisión en televisión en abierto. Sólo la fase intermedia está fallando en la Era Internet, tan sólo la venta y alquiler de copias se ve amenazada por la descarga de copias del p2p.

Lo cierto es que muchos internautas, en muchas ocasiones, ni siquiera quieren conservar una copia permanente de la película, sólo quieren verla. Algunos la borran después de verla, otros la mantienen en el disco duro multimedia hasta que se quedan cortos de espacio y entonces borran las pelis que es menos probable que deseen ver otra vez, otros graban en DVD tan sólo aquellas pelis que más les han gustado… hay casi tantos comportamientos como personas. La regla general no es conservar la película, y menos cuando ya te has bajado un montón y ya no sabes qué hacer con tantas, ni dónde meterlas.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando alquilamos una peli en videoclub? ¿El precio es el único inconveniente? Pues no. De hecho, el euro que cuesta la peli en el día del espectador no es lo más importante. Hay que bajar al videoclub a alquilarla, rezar para que la peli que te interesa no la haya alquilado otro, y hacer cola para pagar y que te den la copia. Por si fuera poco, cuando vas a verla tienes que tragarte el anuncio anti-piratería (a pesar de que no la has pirateado) que la primera vez no importa pero las siguientes 500 veces ya acabas hasta los cojones del puto anuncio, tragarte otros varios anuncios que tampoco te puedes saltar, y devolver la peli a más tardar al día siguiente, lo cual implicar volver a bajar al videoclub.

En tiempo eso son 5 minutos de bajar al videoclub a alquilarla, 5 minutos de hacer cola, unos 3 minutos de anuncios, y otros 5 minutos de bajar a devolverla. Casi 20 minutos en total, y como tengas que arreglarte para salir a la calle todavía es más. Si cobras sueldo mileurista, estarás ganando aproximadamente 6 euros por hora de trabajo, y 20 minutos de tu tiempo equivalen a unos 2 euros. El tiempo que pierdes con ese medio de distribución obsoleto que llamamos videoclub equivale económicamente al doble que lo que te ha costado el alquiler.

Por el contrario, si te bajas las pelis del p2p, puedes estar teniendo siempre una reserva de pelis para ver, y bajar varias pelis al mismo tiempo cuando la reserva vaya menguando, todo ello sin moverte de casa y sin tener que tragarte molestos anuncios. Tal vez lo más paradójico del anuncio anti-piratería es que siempre le está recordando a los que NO piratean que hay mejores opciones para obtener la peli. Es como si en los anuncios de Mercedes siempre te recordasen lo muy baratos que son los coches de Daewoo, y te recomendasen comprar coches de Mercedes no porque estos te interesen, sino por el bien de los accionistas de esta empresa. Es como si te estuviesen diciendo “Piratea, que es mejor”.

Lo lógico sería que ofreciesen las pelis para descarga de pago, a precio similar al del videoclub. En realidad ya lo hacen, desde hace años, pero surge otro inconveniente: el DRM. Como tienen el empeño de que la peli sólo la puedas ver durante uno o dos días, le meten una protección que deshabilita la película pasado el tiempo establecido. ¿Problema? Que ese DRM es incompatible con todos los reproductores de vídeo que la gente tiene en casa, en la práctica sólo puedes ver la peli en el ordenador, lo cual no es muy cómodo que digamos.

En el sistema de contabilidad creativa que ellos manejan, una peli que sólo se pueda ver durante tiempo limitado tiene un precio de unos 2 euros, y una copia permanente de la peli “cuesta” unos 15 euros. Pero claro, a ver quién es el guapo que se va a gastar 15 euros en bajarse una peli que sólo quiere ver una vez, y que encima tampoco esa versión permanente es compatible con los reproductores de salón. El resultado final es que la gente no está “alquilando” (bajándose por unos 2 euros) las pelis, ni tampoco las está “comprando” (bajárselas por 15 euros). Lo que ellos conceptúan en su fértil imaginación como 2 euros o 15 euros acaban por ser cero euros en la realidad.

Acaban así atrapados en su mundo de fantasía, ganando en realidad cero euros por atenerse a las reglas de una economía irreal. Tienen miedo de perjudicar al mercado de la venta y alquiler de DVDs, pero ese mercado se está hundiendo igualmente por obsoleto. Y como la culpa de todo la tiene (según ellos) la mal llamada piratería, nada mejor que cabrear al que sí ha comprado el DVD con el enésimo visionado a la fuerza del “tú nunca descargarías un coche”. Sólo que yo sí lo haría, si se pudiera hacer.

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El precio de la represión

Publicado por Krigan en 27 Septiembre 2009

Discográficas y productoras de cine están usando por todo el mundo su influencia política tratando de conseguir que se aprueben las llamadas leyes de los 3 avisos, las cuales crearían un procedimiento legal extraordinario, de dudosa constitucionalidad, para reprimir el intercambio de canciones y películas en Internet, a base de desconectar a los internautas que supuestamente hayan sido pillados por tercera vez descargando obras protegidas del p2p.

Uno de los escollos que se están encontrando es que una parte nada despreciable de la clase política, junto con las telecos, les están exigiendo que hagan disponibles sus contenidos en Internet antes de iniciar esta nueva represión contra los internautas. A las telecos no les hace gracia que se hable de desconexiones porque ello las conduciría a una pérdida de ingresos, y a muchos políticos no les hace gracia el arremeter contra sus propios votantes, por la obvia posibilidad de que ello se traduzca en pérdida de votos.

Discográficas y productoras de cine argumentan que ya hay una amplia oferta de canciones y películas en Internet. ¿Seguro? En la tele puedo ver gratis con anuncios y grabar cada año literalmente miles de películas, pero para ver cualquiera de ellas en Internet he de pagar una cierta cantidad por cada una. Si cualquier película “antigua” (de más de 2 años) la puedo ver gratis en la tele, ¿por qué no puedo hacer lo mismo en Internet? Si cualquier serie de televisión la puedo disfrutar en la tele sin pagar, tan sólo viendo unos cuantos anuncios, ¿porqué no puedo hacer otro tanto en Internet? Difícilmente se puede hablar de que estén ofertando de forma realista sus productos en Internet si  resulta que he de pagar por algo (ver pelis y series) que fuera de Internet puedo hacer gratis.

Además del precio, otra cuestión sería el DRM. Las pelis y series que emiten en abierto por la tele van sin DRM, y por lo tanto se pueden grabar libremente. En Internet debería ser lo mismo, no se puede hablar de que hay una amplia oferta de algo en Internet a no ser que ese algo se esté ofreciendo en las mismas condiciones que fuera de Internet.

Con las canciones las cosas son ya un poco diferentes. Desde hace menos de un año es posible disfrutar gratuitamente de las canciones individuales (elegidas por el usuario) en streaming con anuncios a través de servicios como Spotify. Tales servicios están teniendo un gran éxito, y un gran número de internautas están cambiando el p2p por Spotify… sólo que el propio Spotify funciona internamente mediante un sistema p2p. ¿No se podía haber hecho esto mismo con Napster hace 10 años? Por supuesto que sí, pero las discográficas han necesitado 10 años de fracasos para aceptar la idea.

A pesar del éxito de la comercialización por Internet, las discográficas no están contentas. Nos dicen que sí, que las descargas de pago están subiendo como la espuma, lo mismo que el streaming gratuito de canciones, pero que la caída en picado de las ventas de CDs no se ve compensada por el gran aumento de los ingresos obtenidos en Internet. Sin embargo, pretender que los ingresos de Internet sean tan elevados como lo eran los ingresos de CDs en sus mejores tiempos no es nada razonable. El coste de fabricación y distribución de CDs es relativamente elevado, sobre todo la distribución, el coste de distribución de canciones por Internet es irrisorio. Pretender que los ingresos sean los mismos cuando la eliminación del soporte físico ha reducido tanto los costes no es sino un burdo intento de querer aumentar desmesuradamente el margen de beneficios.

Así pues, todas estas peticiones de nuevas leyes represivas por parte de las discográficas tan sólo esconden un deseo de aumentar los beneficios. No estamos hablando de sostener el negocio de la música en Internet, tal negocio va estupendamente, sino de que ellos quieren ganar todavía más dinero del que ya están ganando.

Desde luego, estamos acostumbrados a la contabilidad creativa de las discográficas. Recordemos que durante años nos estuvieron diciendo que cada descarga del p2p era una venta perdida, a pesar de que tal afirmación es algo abiertamente contrario a la ley de la oferta y la demanda. No es lo mismo que bajarte mil canciones te salga gratis a que te cueste mil euros. En el primer caso te las bajas si las quieres oír, en el segundo caso te lo piensas 2 veces antes que gastarte ese dinero.

Comparar los ingresos del mercado del CD con los de Internet, y hablar de pérdidas porque los ingresos de Internet son menores, no es sino otro ejercicio más de contabilidad creativa. En cualquier negocio lo que hay que mirar es el margen de beneficios, no el volumen de ingresos, y tan sólo se puede hablar de pérdidas si el margen de beneficios es negativo. ¿Por qué no nos dicen las discográficas cuál es su margen de beneficios? Este es un dato fundamental a la hora de evaluar si hemos de aprobar nuevas leyes para salvar su negocio, porque igual resulta que no es necesario salvar nada, igual resulta que el negocio ya les está yendo bien.

Por otro lado, ¿cuánto nos costaría la represión? No me refiero a los costes sociales y políticos, que también serían considerables, sino a los costes económicos. Tales costes se pueden calcular de forma rigurosa, a diferencia de los cálculos que hacen las discográficas. Desde luego el necesario aparato de represión para hacer valer una ley de los 3 avisos tiene un coste elevado, que las discográficas van a querer que sea pagado del dinero de nuestros impuestos, pero no es el único que hay. Si un internauta está pagando 40 euros al mes por su conexión a Internet, para ese internauta la conexión tiene al menos ese valor. Si para él no valiese tanto, no la contrataría. Y, desde luego, a la teleco tampoco le hace gracia la idea de dejar de ingresar ese dinero.

La anterior ministra de Cultura de Francia, que apoyaba una ley de los 3 avisos que fue declarada inconstitucional, señaló que se iba a desconectar a mil internautas por día, 365.000 desconexiones al año. Si asumimos, por la menor población, que en España serían unas 250.000 desconexiones al año, a 40 euros mensuales por conexión, eso equivaldría a 10 millones de euros por cada mes que los internautas permanezcan desconectados, 120 millones de euros al año si se les desconecta durante un año.

¿Van a pagarle las discográficas ese dinero perdido a las telecos? Lo lógico sería que el coste lo asumiera aquel que se va a beneficiar de ello, pero dudo mucho que las discográficas deseen hacerlo, sobre todo si tenemos en cuenta que las ventas de discos en España fueron de 225 millones de euros en el 2008, y que más de la mitad de este dinero se lo quedaron el distribuidor y la tienda. Es decir, el coste económico de las desconexiones podría ser incluso mayor que el valor del obsoleto mercado que se pretende proteger, y todo ello sin ninguna garantía de que los internautas vayan de repente a volver a comprar CDs, en lugar de grabarse las canciones de Spotify o de cualquier otro sitio.

Dado que la pérdida de ingresos para las telecos puede ser monstruosa, lo que proponen las discográficas es que el internauta desconectado siga pagando por la conexión, lo cual funciona muy bien en un mundo de fantasía, pero no tan bien en la realidad. Si a mí me desconectan, y la teleco me sigue incluyendo el precio de Internet en la factura, lo que hago es no pagarla, con lo cual la teleco no sólo se queda sin el dinero de Internet, sino también sin la cuota de línea, o cualquier otro concepto incluido en la factura. Para las llamadas ya usaré el móvil, y no me voy a morir por no poder ver Imagenio si lo tuviera contratado.

Desde luego, la teleco podría reclamar el pago de la factura en los tribunales (aunque en la práctica nunca lo hacen a no ser que sea una deuda elevada), pero entonces tendrían que andar demostrando con pruebas que verdaderamente fui desconectado legalmente. Es decir, tendrían que demostrar que yo fui el que se bajó esas canciones, y eso es indemostrable, tanto por el hecho de que hoy día todo el mundo tiene router wifi en casa, mal protegido en la gran mayoría de los casos, como por el hecho de que en un domicilio suele vivir más de una persona, el titular al que se le pretende cobrar tal vez ni siquiera conecte a Internet.

Las telecos lo saben, saben que en la práctica la motivación del cliente para pagar consiste en seguir teniendo el servicio, y por eso se oponen firmemente a cualquier propuesta que implique desconexión. En definitiva, todo esto de los 3 avisos consiste en ver si hundimos el negocio de las telecomunicaciones para tratar de salvar el insalvable negocio del CD. Entretanto, las descargas de pago y el streaming de canciones siguen yendo viento en popa, lo mismo que los conciertos.

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Nunca hemos pagado por el contenido

Publicado por Krigan en 20 Septiembre 2009

Editoriales, discográficas, y productoras de cine nos dicen que hemos de pagar por los contenidos, que es ilegal e inmoral que no paguemos por ellos. Sin embargo, una cosa es lo que diga su propaganda y otra distinta es la realidad. Lo cierto es que nunca hemos pagado por los contenidos, sino por copias de los mismos.

Como consecuencia de esta propaganda falsaria, mucha gente cree erróneamente que al venderte la copia te dan una especie de derecho a leer el libro, oír las canciones, o ver la película. Sin embargo, tal derecho a leer, a oír, o a ver las respectivas obras nunca ha formado parte de los derechos de autor, ninguna ley de ningún país del mundo ha dado nunca tal derecho exclusivo al autor. Más aún, resulta evidente que ellos no están cediendo ningún derecho de ninguna clase por el hecho de que incluyen en las copias que nos venden la famosa frase “Todos los derechos reservados”.

La distinción entre vender contenidos y vender copias de los mismos no es para nada trivial. Por el contrario, constituye el núcleo del problema. El autor es el único que tiene derecho a comercializar su obra, el único que tiene derecho a vender copias de la misma, en eso ha consistido siempre el derecho de autor. Pero ¿qué pasa cuando la gente se hace sus propias copias de la obra?

Los avances tecnológicos de las últimas décadas han posibilitado que cualquiera pueda hacer copias de cualquier obra de forma fácil y a un coste virtualmente nulo. Como la industria de contenidos sigue empeñada en cobrar caras sus copias, en lugar de darlas gratis con publicidad, lo que hemos hecho los clientes es recurrir al auto-abastecimiento, nos hacemos nuestras propias copias.

Ante esto, hay 2 opciones: o bien la industria cambia su modelo de negocio, cosa que no quieren hacer, o bien perseguimos por ley el auto-abastecimiento. Esta última opción, sin embargo, significa el llevar el derecho de autor a un terreno inexplorado, es darle a los autores derechos que nunca han tenido.

En el pasado, antes de que la tecnología hiciera posible el auto-abastecimiento, el derecho de autor era algo que no afectaba directamente al público. Editores, impresores, distribuidores, y otros profesionales de la industria sí veían que se les prohibían ciertas cosas, que necesitaban la firma del autor para participar en la comercialización de la obra. Tales prohibiciones no les resultaban onerosas. Al contrario, favorecían su negocio dado que les permitían comercializar sus productos en régimen de monopolio. El público no se veía afectado en la práctica por tales prohibiciones, salvo indirectamente por un incremento en el precio y por algunas carencias de abastecimiento, generalmente (aunque no siempre) de obras poco populares, pero tales prohibiciones no restringían su libertad.

Sin embargo, el intento actual de extender los derechos de autor, para impedir el auto-abastecimiento, sí que afecta directamente a los propios clientes, es precisamente a ellos a los que se les quiere prohibir que se auto-abastezcan, y tal prohibición es abiertamente contraria a sus propios intereses. En definitiva, el derecho de autor era antes una prohibición que beneficiaba a aquellos a los que afectaba directamente, mientras que el nuevo derecho de autor que paso a paso, mediante sucesivas reformas legales, están tratando de imponer, es una prohibición que perjudica a una gran mayoría de afectados en beneficio de una pequeña minoría.

Las analogías que se pueden establecer son demasiado numerosas. Prohibamos el hacer punto para beneficio de los fabricantes textiles, prohibamos beber agua del grifo para beneficio de los que venden agua embotellada. Prohibamos también el hacer copias para beneficio de los que venden copias. El problema es, por supuesto, que si prohíben beber agua del grifo ¿cómo van a saber que yo la estoy bebiendo? ¿Cómo van a impedir que yo la beba? Sin duda es necesario ir un paso más allá, y prohibir que la gente pueda tener agua corriente en sus casas. Pero como también pueden proveerse de agua para beber en las fuentes públicas, también quitamos estas, y como necesitarán agua para el aseo, que se bañen en las piscinas, y que el agua de estas sea salada, para que no la puedan beber. Y como el agua salada se puede destilar, prohibamos la venta de destiladores…

Como ya he dicho, hay 2 opciones, y la otra es simplemente que cambien su modelo de negocio. No hay necesidad de darle a los autores nuevos derechos que nunca han tenido, no hay necesidad de cargarse los derechos constitucionales de los ciudadanos para instaurar un estado policial, para hacer cumplir esos derechos de autor que nunca antes han existido. Que el cambio tecnológico origine cambios en los modelos de negocio no es nada nuevo, ha estado pasando desde que se inició la revolución industrial.

Tal vez los nuevos modelos de negocio les hagan ganar menos dinero o tal vez no. En su día la industria del cine trató de ilegalizar los reproductores de vídeo doméstico, no lo consiguieron, y pocos años después la venta y alquiler de películas ya se había convertido en su principal fuente de ingresos. Es precisamente esa fuente la que ahora tratan de proteger a base de nuevas prohibiciones. En consecuencia, no es cosa segura que sus nuevas prohibiciones vayan a favorecerles, ya han demostrado que son incapaces de ver su propio futuro. Lo que sí es seguro es que el resto de la Humanidad no podemos estar a expensas de que ellos quieran adaptarse a las nuevas tecnologías. El precio que pagaría la sociedad si cediéramos a sus pretensiones sería demasiado alto.

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